De un tiempo a esta parte vengo cuestionándome como único compañero que tengo. Confieso que ya no me hago tan buena compañía, y no estoy hablando de carencias afectivas. No sé si estoy contento conmigo y esto me preocupa.
En parte dudo de si sabré no echar de menos los inconvenientes de la vida en pareja. Después de todo, ser racional o pragmatico poco soluciona de madrugada para que mi cama no se me haga demasiado grande. Soy culpable de haber perdido independencia voluntariamente y de que además no me disguste la idea; pero es mucho más que eso. Voy notando que hago más planes y los cumplo menos. Me digo que es temporal, pero no termino de creerme y un largo etcétera que agradeceréis ni siquiera resuma.
En ese sentido nunca un buzón resumió tan bien mis conflictos con la vida. Hay un nombre que inconscientemente -o no- escribí a lápiz en mi vida. Quizá no sea casualidad que en mi casa los lápices tengan goma y cuando se les termina con qué escribir, comienza la parte que me permite borrar lo escrito y dejar sitio a lo que esté por venir. Diría que es de mal gusto decir ahora que las gomas son para borrar los errores, porque no tengo errores que quiera borrar, pero también es de mal gusto poner la zancadilla a mi destino si ni siquiera sé cual es. Por eso asocian el destino al horizonte, ambos son esa "línea imaginaria" que se aleja cuando avanzas hacia ella.
Y por eso vuelvo a mi reflexión del buzón (el de mi casa, para más señas). Lo cierto es que bajé 6 pisos probablemente con el mismo lápiz en la mano que unos meses atrás, para utilizarlo esta vez por ese otro extremo. Intentando borrarlo el nombre me encontré con que los hay que dejan una huella difícil de borrar aun cuando ya no están. Y en esto mi nuevo “modelo familiar” deberá formar parte de la solución y no del problema. ¿No es esto lo que buscaba? ¿Realmente lo es? Tengo cierta resistencia al cambio y es normal, pero también lo es dejar atrás a quien no va a seguirte.
A raiz de ello últimamente llegan tiempos de escuchar opiniones gratuitas y consejos absurdos para cerrar cicatrices, esos consejos rápidos que uno no pide y que me son tan indiferentes e inútiles en función de quien me los da y qué quiere de mí.
Hace ya mucho tiempo solía ir a nuestro viejo recreativo a jugar al futbolín en días como este en los que necesité limpiar la mente. Curiosa forma de evadirse del resto del mundo ahora que lo pienso; jugar contra ellos, y claro está, ganarles. El futbolín es un pasatiempo poco comprendido. Como mucho de lo que merece la pena en esta vida, el futbolín requiere de poca concentración, grandes reflejos, y una buena compañía. Puedes pasar horas sudando y con las extremidades en tensión sin que resulte menos divertido. Es sencillo y requiere cierta estrategia (quienes no estén de acuerdo en esto, probablemente jugaron poco o perdieron mucho). Logras vencer a cualquiera si tienes a alguien a tu lado con quien te compenetres y aquel a quien derrotes dirá que tuviste suerte. Ninguna persona se toma a mal que jueguen con ella si no le haces sentir mal en su derrota, y si decides jugar solo, debes aprender que para defenderte necesitarás tener una gran mano izquierda. Un juego brillante y español como quien lo inventó.
Volviendo a lo del recreativo –hoy estoy melancólico- me está apeteciendo darle un homenaje a ese rincón que todos tenemos en la memoria (en mi caso aquel recreativo)donde siempre encontrarías a alguien conocido que se alegraba de verte y te alegrabas de ver. Tiempos en los que nos tomábamos todo menos en serio porque nosotros mismos éramos más sencillos y hacíamos sencilla nuestra vida. Hace poco pasé por ese rincón. Las escaleras donde solíamos sentarnos a charlar es ahora una sucia pared llena de pintadas indescifrables y el recreativo cerró tiempo atrás. Me dio por hacerle una foto con el móvil al viejo cartel (quizá la cuelgue cuando tenga ganas) y por preguntarme si el dinero de mis partidas en el futbolín llegó para pagarle la universidad a una de las hijas de los dueños o quizá llegó para las tres. No me dio tiempo a mucho más porque no me gustó visitar ese sitio estando solo y me entró prisa por irme. En cualquier caso, Isabel, Antonio (Churruca), y todos aquellos que “hicisteis ruido” a mi lado, gracias por una adolescencia memorable. Cuando me acuerde (probablemente nunca) brindaré por quienes consiguen que una carta sin gracia termine provocándole una mueca de sonrisa a su autor.
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