Ponte cerca de una autovía. Quédate quieto a la espera de que pase un coche. Cuando éste se acerca rápidamente en tu dirección, lo hace con un sonido agudo e in crescendo que llega a su apogeo al pasar por tu lado, para luego volver a apagarse en la distancia mientras se agrava su tono al alejarse. Este es el efecto Doppler.
Por analogía, la mayoría de las relaciones humanas sufren este mismo proceso. Las personas pasan por nuestra vida interfiriendo en ellas como una campana de Gauss, pero nuestra percepción de ese ruido (sus acciones para con nosotros) se desvirtúa a su paso y al paso del tiempo.
No sé si lo ideal es que sólo hagan esa primera mitad del recorrido; quedando en nuestra vida aquellos cuyo rastro no queremos que se haga grave y lejano. A esto hace referencia la parábola del niñito rubio que me lleva rondando la mente estos días. El niñito rubio, es “niñito” no tanto por su edad, ya que cumple años en mi historia, sino porque nunca llega a madurar.
Como muchos de nosotros pero de manera exacerbada, el niñito necesitaba de la aprobación ajena y sin embargo desprendía ese halo de autosuficiencia y un desprecio-a-todo casi irritante. Sus maneras y sus observaciones poco prudentes e innecesarias como “la estupidez humana nunca deja de sorprenderme” quizá fruto de las carantoñas de la abuela o de la mano de hostias que nunca llegó a tiempo, hicieron de nuestro protagonista un golfo simpático a sus propios ojos y un pedante subnormal a ojos de su entorno.
Los años le pusieron donde le correspondió, y quienes se acercaron a sus ojitos azules y ricitos rubios, al ver que para entonces ya habían visto lo mejor de él, se fueron a la misma velocidad pero con un rastro más amargo, como en el efecto Doppler.
Así, el niñito rubio, sin saber tratar a quienes debían haber permanecido a su lado y sin ganas reales de un cambio, procuró rodearse de personas “insustanciosas” (qué grande eres Leandro) al más puro estilo Torrente. Gente fácil, que se dejase ridiculizar y le riese las gracias haciéndole sentir superior.
La historia de nuestro niñito no termina bien -para eso ya está Hollywood-. Ya sin abuela incondicional que le arropase y su inútil y cómoda compañía mirando al techo; fue recogiendo lo sembrado durante su vida; y sintiéndose víctima señaló culpables en todas direcciones excepto en la más acertada y difícil de asumir.
¿Qué habríamos que aprender de nuestro niñito?
Se me ocurre que quizá fue su querida madre quien debió de darle instrucciones concretas para crecer así de egoísta y desinteresado, haciéndole pensar que generaciones futuras no debían quedar privadas de su rubio legado y que era el deber de nuestro niñito hacer patente la perfección de la curvatura de sus rizos en tuentis y similares, siendo ésta la fundamental obra de su vida.
Otra opción es no dejar que se repartan responsables alegremente. Nuestro niñito pudo elegir, equivocarse mil veces, y rectificar otras mil. No es culpa de la sociedad que la gomina nos reblandezca el cerebro ni que los vestidos o trajes de la marca de moda constriñan nuestro corazón -por favor, obviad la parte romántica; me refiero a la personalidad, la integridad, la personalidad, el orgullo, el valor, los valores y otras palabras fáciles de ridiculizar-.
En una charla de café, la historia del niñito rubio, que no voy a contar entera (no me lo agradezcáis, cabrones) debería dar distintos puntos de vista. En una noche de botellón quizá sería una rayada del más borracho y provocaría insultos varios, personalizaciones, lloros, lanzamientos de hielo al orador o aun mejor, que no se dejase terminar la historia; así que minipunto para los blogs como medio de comunicación, y minipunto para el botellón como medio de difamación.
A mí la historia me hace pensar en mi madre. Me explico: Mi madre suele llamarme “pitufo” cariñosa y demasiado asiduamente. Yo tengo uno. Un pitufo, me refiero. Que nadie se asuste, es literalmente eso, un pitufo en toda regla. Papá pitufo, para más señas. Vive en mi coche y es un regalo. Tiene su barba blanca, su gorro de pitufo (que parece una barretina más de lo que quisiera), su característico color azul, una mirada tranquila, una sonrisa natural y una generosa barriga. Está vestido de smoking negro y guantes blancos, y sostiene una copa que alza a modo de brindis. Parece mentira que un cochino trozo de plástico pueda reflejar tanta elegancia.
Los pitufos son seres peculiares; simples, inocentes y comprensivos. Definitivamente no me parezco nada a un pitufo, no sé a qué se refiere mi madre. El caso es que me recuerda a ella porque suelo decirle que tiene poco desarrollados los instintos maternales cuando echo en falta una figura materna preocupada por cosas “de madre” como cebarme a todas horas en lugar de llamarme por nombres más raros del que ya me puso en su día.
Hay noches en que antes de salir “a sociabilizarme” le comento la ilusión que me haría encontrar algo de cenar a la vuelta y me responde con un cariñoso “ya conoces el camino a la cocina”, y me dice que lo deje todo recogido o me clava la fregona en las costillas. Vive Dios que no seré yo quien permita despertar la furia de mi madre.
Orejitas gachas, y pasitos sumisos hacia atrás mientras salgo del salón sin molestar ni darle la espalda por si decide no esperar a que ensucie algo a mi regreso.
Todos tenemos una madre, un amigo, esa persona por la que pasarás tu vida sufriendo, o un cúmulo de experiencias varias, que te enseña que toda acción tiene una repercusión.
El ejemplo no es el que más justicia le hace a mi santa madre, que bastante tiene con sufrirme cuando me acoge por vacaciones, aunque lo de su fregona a la caza de mis costillas es totalmente cierto; pero es igualmente cierto que debo volver a darle un tono más alegre a mis escritos como solía hacer en mi tradicional mensaje navideño, que hasta el soso de Juanca es más alegre (y puestos a compararnos, también es más alto, más monárquico, más campechano, manda callar más, está más lleno de “orgullo y satisfacción” cada navidad, tiene más patatas en la boca cuando habla…)
Recuerdo que referente a esto de “acción y reacción” y la historieta del niñito que de ello derivó fue por falta de sueño durante mis vacaciones. Terminé tarde (o temprano, según se mire) de sociabilizar y se hacía de día. No hay mejor momento para marcarse metas claras y tomar decisiones importantes en la vida, no? El amanecer es con mucho el mejor momento para estar en la playa, así que allí habría de terminar. Caminando descalzo por la playa, la arena aun fría se mete entre los dedos y compartes el aire fresco de la mañana junto a las gaviotas que aun se apostan en la orilla. El mar, sin apenas oleaje, produce un sonido relajante que ayuda no siempre a resolver mis dudas, pero sí a verlas desde otro ángulo. En breve llegarían las maris con la sombrilla, los niños tocando las pelotas y los madelman con ganas de amortizar sus horas de gimnasio. Pero a esas horas, aun sin apenas luz, la playa es aun lo más parecido a un retiro en donde poder proyectar mi voluntad a 10 años vista y equivocarme sin remisión. Entendí entonces que podría dedicar mi vida a una persona en contra de la naturaleza humana.
No sé si culpo de aquello a la monogamia, al egoísmo, o quizá a la falta de sueño de entonces. Me vino también a la cabeza la parábola del niñito y otras tantas ideas absurdas que he descartado de golpe unos días atrás, afortunadamente a tiempo; que he creído necesario escribir sobre ello para no olvidar que un día aposté por planear mi futuro según lo que me dictan las leyes sociales y no funcionó. Tengo oído que me equivoqué en elegir a la persona y creo que es verdad que tenía el enemigo en casa. Yo. El plan era válido, pero no para mí.
Y es que lo mejor que me ha pasado nunca ha sido planeado -vale, lo peor tampoco- pero por eso mismo ¿para qué conjurarse a algo, cuando a mí me resulta más emocionante lidiar el toro que pueda venirme si no sé cual es?
La próxima vez que en mi carretera se dirija un coche, será mejor que, en vez de dejar que pase para escuchar cómo se aleja, lo pare; y si me gusta quien lo conduce, me monto y me dejo llevar sólo hasta donde entienda que mi viaje se termina; de forma que en mi próximo escrito, en vez de hablar del efecto Doppler, os hable de lo apasionante que el autostop.
domingo, 26 de septiembre de 2010
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