martes, 9 de noviembre de 2010

9 de Noviembre

Decían del Muro Berlín que protegía a occidente del fascismo de oriente. De protección o de vergüenza, un muro separa y aun peor: aisla. Parece impensable que como en Berlín, una noche sea levantado un muro que impida ver más allá. Hoy se cumplen años desde que hubiera que apostar por la libertad y me ha dado qué pensar.

Encuentro últimamente quien levanta muros y pensando en protegerse, sólo consigue aislarse. No tengo nada en contra de aislarse; me suele sobrar la gente, pero creo absurdo hacerlo por miedo. Hablando de esto de la libertad hace poco en Lugo, un conocido mío, español a su pesar, defendía su postura con un argumento tan convincente como que siendo español, estaba obligado a tener un DNI en su cartera. Esa era toda su queja sobre el Estado opresor e imperialista que supone España como patria.

Desde luego brindo por que el símbolo que supone una bandera sea toda su queja y me prometo defender con mi sangre la libertad de expresión que le permite quejarse de la democracia de que disfruta, que casualmente llegó a la muerte del mayor opresor del pueblo español del siglo pasado, gallego de nacimiento.

De todas formas, de esto de la libertad se ha escrito mucho. Es un concepto ambiguo, fácil de manipular y con el que es fácil manipular. Es cómodo confundir libertad con libertinaje y dejar de responder de los actos propios abanderado por la posibilidad de actuación, por lo que la libertad sin moral nos conduce a la degradación como personas libres que queremos ser.

Realmente hoy es una fecha por la que brindar (y no gracias a que haya sido fiesta en Madrid, por lo que yo poco tengo que celebrar ya que he amanecido en Zaragoza para currar como un desgraciado) sino porque hoy se cumplen años en que en un país de habla germánica hubo quienes creyeron que libertad era derribar muros, arriesgarse y encontrar la fuerza en la unión. Por desgracia el paso de los años, como en el caso del gallego que comentaba, dejamos de valorar lo que hacemos de nuestra libertad al convertirla en libertinaje, y ya que quien no valora lo que tiene, no lo merece (da Vinci); estaremos condenados a necesitar muros que nos aislen.

Por otro lado ahora que me acuerdo de da Vinci (Fumicino!) y como homenaje a quien se haya dado por aludid@ alguna vez por mis palabras, me está apeteciendo terminar esto de forma artística. Hay un poema de Ernesto Cardenal que me sé de memoria y clava el escrito, pero hoy desde luego no tengo el día romántico, así que ya que tampoco puedo dibujar aquí… pues ahí va un soneto.

Si para recobrar lo recobrado
debí perder primero lo perdido,
si para conseguir lo conseguido
tuve que soportar lo soportado,

si para estar enamorado
fue menester haber estado herido,
tengo por bien sufrido lo sufrido,
tengo por bien llorado lo llorado.

Porque después de todo he comprobado
que no se goza bien de lo gozado
sino después de haberlo padecido.

Porque después de todo he comprendido
que lo que el árbol tiene de florido,
es por vivir de lo que tiene sepultado.
Francisco Luís Bernárdez.

domingo, 26 de septiembre de 2010

la parábola del niñito rubio

Ponte cerca de una autovía. Quédate quieto a la espera de que pase un coche. Cuando éste se acerca rápidamente en tu dirección, lo hace con un sonido agudo e in crescendo que llega a su apogeo al pasar por tu lado, para luego volver a apagarse en la distancia mientras se agrava su tono al alejarse. Este es el efecto Doppler.

Por analogía, la mayoría de las relaciones humanas sufren este mismo proceso. Las personas pasan por nuestra vida interfiriendo en ellas como una campana de Gauss, pero nuestra percepción de ese ruido (sus acciones para con nosotros) se desvirtúa a su paso y al paso del tiempo.

No sé si lo ideal es que sólo hagan esa primera mitad del recorrido; quedando en nuestra vida aquellos cuyo rastro no queremos que se haga grave y lejano. A esto hace referencia la parábola del niñito rubio que me lleva rondando la mente estos días. El niñito rubio, es “niñito” no tanto por su edad, ya que cumple años en mi historia, sino porque nunca llega a madurar.

Como muchos de nosotros pero de manera exacerbada, el niñito necesitaba de la aprobación ajena y sin embargo desprendía ese halo de autosuficiencia y un desprecio-a-todo casi irritante. Sus maneras y sus observaciones poco prudentes e innecesarias como “la estupidez humana nunca deja de sorprenderme” quizá fruto de las carantoñas de la abuela o de la mano de hostias que nunca llegó a tiempo, hicieron de nuestro protagonista un golfo simpático a sus propios ojos y un pedante subnormal a ojos de su entorno.

Los años le pusieron donde le correspondió, y quienes se acercaron a sus ojitos azules y ricitos rubios, al ver que para entonces ya habían visto lo mejor de él, se fueron a la misma velocidad pero con un rastro más amargo, como en el efecto Doppler.

Así, el niñito rubio, sin saber tratar a quienes debían haber permanecido a su lado y sin ganas reales de un cambio, procuró rodearse de personas “insustanciosas” (qué grande eres Leandro) al más puro estilo Torrente. Gente fácil, que se dejase ridiculizar y le riese las gracias haciéndole sentir superior.

La historia de nuestro niñito no termina bien -para eso ya está Hollywood-. Ya sin abuela incondicional que le arropase y su inútil y cómoda compañía mirando al techo; fue recogiendo lo sembrado durante su vida; y sintiéndose víctima señaló culpables en todas direcciones excepto en la más acertada y difícil de asumir.

¿Qué habríamos que aprender de nuestro niñito?
Se me ocurre que quizá fue su querida madre quien debió de darle instrucciones concretas para crecer así de egoísta y desinteresado, haciéndole pensar que generaciones futuras no debían quedar privadas de su rubio legado y que era el deber de nuestro niñito hacer patente la perfección de la curvatura de sus rizos en tuentis y similares, siendo ésta la fundamental obra de su vida.

Otra opción es no dejar que se repartan responsables alegremente. Nuestro niñito pudo elegir, equivocarse mil veces, y rectificar otras mil. No es culpa de la sociedad que la gomina nos reblandezca el cerebro ni que los vestidos o trajes de la marca de moda constriñan nuestro corazón -por favor, obviad la parte romántica; me refiero a la personalidad, la integridad, la personalidad, el orgullo, el valor, los valores y otras palabras fáciles de ridiculizar-.

En una charla de café, la historia del niñito rubio, que no voy a contar entera (no me lo agradezcáis, cabrones) debería dar distintos puntos de vista. En una noche de botellón quizá sería una rayada del más borracho y provocaría insultos varios, personalizaciones, lloros, lanzamientos de hielo al orador o aun mejor, que no se dejase terminar la historia; así que minipunto para los blogs como medio de comunicación, y minipunto para el botellón como medio de difamación.

A mí la historia me hace pensar en mi madre. Me explico: Mi madre suele llamarme “pitufo” cariñosa y demasiado asiduamente. Yo tengo uno. Un pitufo, me refiero. Que nadie se asuste, es literalmente eso, un pitufo en toda regla. Papá pitufo, para más señas. Vive en mi coche y es un regalo. Tiene su barba blanca, su gorro de pitufo (que parece una barretina más de lo que quisiera), su característico color azul, una mirada tranquila, una sonrisa natural y una generosa barriga. Está vestido de smoking negro y guantes blancos, y sostiene una copa que alza a modo de brindis. Parece mentira que un cochino trozo de plástico pueda reflejar tanta elegancia.

Los pitufos son seres peculiares; simples, inocentes y comprensivos. Definitivamente no me parezco nada a un pitufo, no sé a qué se refiere mi madre. El caso es que me recuerda a ella porque suelo decirle que tiene poco desarrollados los instintos maternales cuando echo en falta una figura materna preocupada por cosas “de madre” como cebarme a todas horas en lugar de llamarme por nombres más raros del que ya me puso en su día.

Hay noches en que antes de salir “a sociabilizarme” le comento la ilusión que me haría encontrar algo de cenar a la vuelta y me responde con un cariñoso “ya conoces el camino a la cocina”, y me dice que lo deje todo recogido o me clava la fregona en las costillas. Vive Dios que no seré yo quien permita despertar la furia de mi madre.
Orejitas gachas, y pasitos sumisos hacia atrás mientras salgo del salón sin molestar ni darle la espalda por si decide no esperar a que ensucie algo a mi regreso.

Todos tenemos una madre, un amigo, esa persona por la que pasarás tu vida sufriendo, o un cúmulo de experiencias varias, que te enseña que toda acción tiene una repercusión.

El ejemplo no es el que más justicia le hace a mi santa madre, que bastante tiene con sufrirme cuando me acoge por vacaciones, aunque lo de su fregona a la caza de mis costillas es totalmente cierto; pero es igualmente cierto que debo volver a darle un tono más alegre a mis escritos como solía hacer en mi tradicional mensaje navideño, que hasta el soso de Juanca es más alegre (y puestos a compararnos, también es más alto, más monárquico, más campechano, manda callar más, está más lleno de “orgullo y satisfacción” cada navidad, tiene más patatas en la boca cuando habla…)

Recuerdo que referente a esto de “acción y reacción” y la historieta del niñito que de ello derivó fue por falta de sueño durante mis vacaciones. Terminé tarde (o temprano, según se mire) de sociabilizar y se hacía de día. No hay mejor momento para marcarse metas claras y tomar decisiones importantes en la vida, no? El amanecer es con mucho el mejor momento para estar en la playa, así que allí habría de terminar. Caminando descalzo por la playa, la arena aun fría se mete entre los dedos y compartes el aire fresco de la mañana junto a las gaviotas que aun se apostan en la orilla. El mar, sin apenas oleaje, produce un sonido relajante que ayuda no siempre a resolver mis dudas, pero sí a verlas desde otro ángulo. En breve llegarían las maris con la sombrilla, los niños tocando las pelotas y los madelman con ganas de amortizar sus horas de gimnasio. Pero a esas horas, aun sin apenas luz, la playa es aun lo más parecido a un retiro en donde poder proyectar mi voluntad a 10 años vista y equivocarme sin remisión. Entendí entonces que podría dedicar mi vida a una persona en contra de la naturaleza humana.

No sé si culpo de aquello a la monogamia, al egoísmo, o quizá a la falta de sueño de entonces. Me vino también a la cabeza la parábola del niñito y otras tantas ideas absurdas que he descartado de golpe unos días atrás, afortunadamente a tiempo; que he creído necesario escribir sobre ello para no olvidar que un día aposté por planear mi futuro según lo que me dictan las leyes sociales y no funcionó. Tengo oído que me equivoqué en elegir a la persona y creo que es verdad que tenía el enemigo en casa. Yo. El plan era válido, pero no para mí.
Y es que lo mejor que me ha pasado nunca ha sido planeado -vale, lo peor tampoco- pero por eso mismo ¿para qué conjurarse a algo, cuando a mí me resulta más emocionante lidiar el toro que pueda venirme si no sé cual es?

La próxima vez que en mi carretera se dirija un coche, será mejor que, en vez de dejar que pase para escuchar cómo se aleja, lo pare; y si me gusta quien lo conduce, me monto y me dejo llevar sólo hasta donde entienda que mi viaje se termina; de forma que en mi próximo escrito, en vez de hablar del efecto Doppler, os hable de lo apasionante que el autostop.

miércoles, 28 de julio de 2010

thoughts & memories

De un tiempo a esta parte vengo cuestionándome como único compañero que tengo. Confieso que ya no me hago tan buena compañía, y no estoy hablando de carencias afectivas. No sé si estoy contento conmigo y esto me preocupa.

En parte dudo de si sabré no echar de menos los inconvenientes de la vida en pareja. Después de todo, ser racional o pragmatico poco soluciona de madrugada para que mi cama no se me haga demasiado grande. Soy culpable de haber perdido independencia voluntariamente y de que además no me disguste la idea; pero es mucho más que eso. Voy notando que hago más planes y los cumplo menos. Me digo que es temporal, pero no termino de creerme y un largo etcétera que agradeceréis ni siquiera resuma.

En ese sentido nunca un buzón resumió tan bien mis conflictos con la vida. Hay un nombre que inconscientemente -o no- escribí a lápiz en mi vida. Quizá no sea casualidad que en mi casa los lápices tengan goma y cuando se les termina con qué escribir, comienza la parte que me permite borrar lo escrito y dejar sitio a lo que esté por venir. Diría que es de mal gusto decir ahora que las gomas son para borrar los errores, porque no tengo errores que quiera borrar, pero también es de mal gusto poner la zancadilla a mi destino si ni siquiera sé cual es. Por eso asocian el destino al horizonte, ambos son esa "línea imaginaria" que se aleja cuando avanzas hacia ella.

Y por eso vuelvo a mi reflexión del buzón (el de mi casa, para más señas). Lo cierto es que bajé 6 pisos probablemente con el mismo lápiz en la mano que unos meses atrás, para utilizarlo esta vez por ese otro extremo. Intentando borrarlo el nombre me encontré con que los hay que dejan una huella difícil de borrar aun cuando ya no están. Y en esto mi nuevo “modelo familiar” deberá formar parte de la solución y no del problema. ¿No es esto lo que buscaba? ¿Realmente lo es? Tengo cierta resistencia al cambio y es normal, pero también lo es dejar atrás a quien no va a seguirte.

A raiz de ello últimamente llegan tiempos de escuchar opiniones gratuitas y consejos absurdos para cerrar cicatrices, esos consejos rápidos que uno no pide y que me son tan indiferentes e inútiles en función de quien me los da y qué quiere de mí.

Hace ya mucho tiempo solía ir a nuestro viejo recreativo a jugar al futbolín en días como este en los que necesité limpiar la mente. Curiosa forma de evadirse del resto del mundo ahora que lo pienso; jugar contra ellos, y claro está, ganarles. El futbolín es un pasatiempo poco comprendido. Como mucho de lo que merece la pena en esta vida, el futbolín requiere de poca concentración, grandes reflejos, y una buena compañía. Puedes pasar horas sudando y con las extremidades en tensión sin que resulte menos divertido. Es sencillo y requiere cierta estrategia (quienes no estén de acuerdo en esto, probablemente jugaron poco o perdieron mucho). Logras vencer a cualquiera si tienes a alguien a tu lado con quien te compenetres y aquel a quien derrotes dirá que tuviste suerte. Ninguna persona se toma a mal que jueguen con ella si no le haces sentir mal en su derrota, y si decides jugar solo, debes aprender que para defenderte necesitarás tener una gran mano izquierda. Un juego brillante y español como quien lo inventó.

Volviendo a lo del recreativo –hoy estoy melancólico- me está apeteciendo darle un homenaje a ese rincón que todos tenemos en la memoria (en mi caso aquel recreativo)donde siempre encontrarías a alguien conocido que se alegraba de verte y te alegrabas de ver. Tiempos en los que nos tomábamos todo menos en serio porque nosotros mismos éramos más sencillos y hacíamos sencilla nuestra vida. Hace poco pasé por ese rincón. Las escaleras donde solíamos sentarnos a charlar es ahora una sucia pared llena de pintadas indescifrables y el recreativo cerró tiempo atrás. Me dio por hacerle una foto con el móvil al viejo cartel (quizá la cuelgue cuando tenga ganas) y por preguntarme si el dinero de mis partidas en el futbolín llegó para pagarle la universidad a una de las hijas de los dueños o quizá llegó para las tres. No me dio tiempo a mucho más porque no me gustó visitar ese sitio estando solo y me entró prisa por irme. En cualquier caso, Isabel, Antonio (Churruca), y todos aquellos que “hicisteis ruido” a mi lado, gracias por una adolescencia memorable. Cuando me acuerde (probablemente nunca) brindaré por quienes consiguen que una carta sin gracia termine provocándole una mueca de sonrisa a su autor.